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Como una masa de agua que cubre cada partícula de nuestro cuerpo, como un lago de gran extensión que desde el puerto del nacimiento a las orillas de la muerte, mojando va el manuscrito que sobre la existencia todos con tinta de suspiros debemos escribir; van nuestros sentimientos impregnando la conciencia al ritmo de las olas de la vida.

Partimos del puerto de la nada con mar de fondo, hacía el reino de la luz, dejando que sobre láminas plateadas, se deslice el barco de nuestros días hacia las costas del conocimiento, con las velas del aprendizaje a medio viento en busca del horizonte, entre vaivenes de anhelos y esperanzas, en lucha constante con las tristezas y las alegrías.

Nos hacemos a la mar navegando en un principio con desconcierto, pero con la fe puesta en la tripulación que nos acompaña.

Ya en alta mar, descubrimos que esa dama plateada también tiene sus recovecos, desposeídos ya de la inocencia que nos concedieron como equipaje al embarcarnos, y observando que no siempre la mar es un bálsamo de espuma de blancos sueños, y en ausencia de ésta, embarcados en esa intensa travesía, descubrimos con perplejidad como durante el viaje, repitiéndose de generación en generación, lanzamos al mar las redes de las preguntas acerca de la verdad del ser, libertad, justicia, belleza y muerte, pescando respuestas que dejaran sobre la proa del pensamiento, el fruto de éstas, no siempre rescatadas de un mar tranquilo.

A veces la pesca de ese conocimiento, se efectúa lanzando la redes sobre una mar picada, que con oleaje intenso altera el ritmo de nuestra nave, agitando con oleajes, sin dirección determinada el futuro del rumbo de nuestro viaje, con galimatías de descontentos que junto a nosotros van aprendiendo de la travesía, cuando el barco de nuestros pasos pierde la seguridad del timón, la brújula de nuestras fuerzas oscila desorientada en el espacio y echamos en ancla sobre el sobre el fondo de los negros momentos, descubriendo entonces que la mayoría de la tripulación que nos acompaña en el viaje, son meros compañeros y que el capitán de la nave, nuestra nave, debemos ser nosotros mismos.

Y una vez descubiertas la razón de nuestra viaje, el rumbo deseado, el descubrimiento del yo buscado, uniendo los factores más importantes para la navegación por la vida: empatía, amor y respeto hacía uno mismo y su tripulación; al frente de nuestro navío personal, levantamos ancla cuando la mar nos reclama de nuevo y con rumbo indefinido hacía orillas de nuevos destino, con el timón

Restaurado, las velas lanzadas al viento, debemos cruzar nuevamente la mar picada, montañosa o arbolada, gruesa o rizada, traspasando entre sus olas los límites de todo aquello que nos inmoviliza. Siempre con mar de fondo, siempre con ritmo nuevo, entre olas de vida que dibujara sobre las páginas del libro de bitácora de nuestros anhelos, un nuevo mar tranquilo y sereno que nos conducirá a las orillas del reino de los recuerdos eternos.

Annia Mancheño ✍

Copyright. Reservados todos los derechos de autor©

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