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CRUZANDO EL MANZANARES

 

            El Otoño acaricia la entrada, de una mañana soleada.   

 Sobre un puente que cruza un río, los pasos se paran.

 Posan la mirada en sus aguas tranquilas y juguetonas, que resplandecen bajo la luz de un sol, que

 con sus rayos roza sus aguas. Le dan el brillo de las estrellas que llegado el dia entre las nubes

 descansan.

 Observando con los ojos de la melancolía que deja el verano que quedó atrás, lleno de sol y

 alegría, lleno de noches calurosas donde el sueño se  deja  a un lado, para alumbrados por la luz

 de la luna y las estrellas, una vida planear.

 Y perdida la mirada sobre el agua cristalina, fija en esta, se observa como la naturaleza y la vida,

 sobre ella se desliza.

 El espectáculo que se contempla está tan lleno de paz, que el corazón se emociona, y saborea el

 momento que transcurre, entre sonidos de coches y voces, que vienen y van, junto al murmullo

 de una cascada de agua, que entre hierro y frío cemento, se deja deslizar.

 Cae esta hacia el viento, depositando al bajar, espuma blanca como la nieve, que el río recibe,

 con los brazos abiertos, y una intensa belleza se produce al mezclarse con los rayos del sol que

 les vienen a abrazar.

 Es la naturaleza, que  al  pasar, hace que los ojos se iluminen en una mañana cualquiera, camino 

 de  un trabajo, que el dia ha de llenar.

 Patos, de variados colores, que en su plumaje llevan; marrón, gris, verde, amarillo; nadan sobre

 el agua, con tan bello vaivén que los ojos se emocionan ante la belleza que ven.

 El cortejo lo presiden, tres bellos cisnes, al cual más hermoso, tanto como lo pueda ser, la

 contemplación  de una aurora boreal. Dejan sus alas moverse, como pétalos de rosas, que al

 abrirse, un viento apenas perceptible las eleva sobre sus sombras.

 Avanzan con lentitud, como si a cada movimiento, desearan absorber toda la tranquilidad que

 lleva consigo el viento y en una mirada se puede encerrar.

 Majestuosos, soberbios y al mismo tiempo, con tanta sencillez, que el río se deja por su belleza

 envolver.

 Llenan este, con la más bella estampa que se pueda imaginar. El blanco de la luz del dia, de la

 limpieza, de la paz. El negro de la belleza de una noche que combinada con la plateada luz de la

 luna ,ilumina la ciudad. El marrón que muestra la tierra, con sus inmensas montañas, prados y

 campos, donde el fruto que  mantiene la vida, se  siembra para seguir con este el caminar.

 Un puente sencillo, apenas, dos tres cuerpos juntos, pueden pasar, contempla la más hermosa

 

poesía, que mirando un río, sobre el papel se pueda dejar.

 

Al fondo, un Madrid erguido, lleno de edificios en los cuales, sus cristales resplandecen, dejando

 

caer sus sombras sobre este, sombras que entre sus calles se meten, recogiendo los reflejos que

 

sus ventanas acariciadas por el sol, depositan en él, llenándolo de un especial color, que le da la

 

apariencia de una postal irreal.

 

Solo un paso de un lugar al otro del río, en un dia cualquiera, se convierte en un momento cuya

 

belleza, jamás de las pupilas se podrá borrar. Momentos que hay que saborear, dejarse llevar por

 

ellos, y seguir caminando por un Madrid, que, además de trafico, contaminación y prisas, tiene

 

bellezas para admirar.

           

           

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